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Jueves, 13 de Diciembre de 2018

Reflexiones en torno del patrimonio de la ciudad

por Carlos A. Page*

Los gobiernos defienden el patrimonio si les conviene políticamente hacerlo.

(Córdoba - 09/02/2011) Hoy discutimos la demolición de tal edificio, para no desentonar con la disputa del mes pasado. Pronto nos olvidaremos del tema, pero en breve caerá otro edificio, víctima de una absoluta irreverencia frente a nuestra historia y, sobre todo, a la mentada identidad cultural donde insertamos nuestro patrimonio construido.

Ese patrimonio, como idea sensible, se transforma de manera continua y adquiere ribetes de permanente reciprocidad y enfrentamiento con el poder, confundiéndose con un simbólico concepto de herencia, arraigada a la transferencia automática de un bien a un heredero con identidad privada como un valor natural.

Pero en todos estos años hemos visto cómo también los “herederos” son inventados, adueñándose de ese valor natural, para transformarse en nuevos propietarios convalidados por sí mismos al representarse como el propio Estado. El entorno cultural, que también recibe parte de esa pertenencia, lo hace aceptando y ocultando trampas de un juego en el que se enreda, para construir permanentes ajustes que, en su metamorfosis, no permiten sostener la pertenencia de valores.

Pensemos que nuestra ciudad de Córdoba no es Quito ni París, pero no por ello deja de ser “nuestra ciudad”. Se construyó lentamente y, como dijimos hace una década al referirnos a la insolente transformación de la Ciudad Universitaria, “la ciudad es un órgano viviente, cambiante a sus necesidades en constante proceso de refuncionalización y cambio”. Un ejemplo que es perfectamente correspondiente con la intervención actual de la Manzana del Banco de Córdoba y de la misma ciudad en su totalidad. Y es así, sólo que no todas las ciudades asumen el mismo criterio en cuanto a la valoración de su pasado. Porque esa valoración está en consonancia con un pensamiento cultural sobre el patrimonio, que es fluctuante.

Ejemplos. La hermosa, aunque oscura, ciudad española de Toledo conservó su muralla medieval y creció a un costado con el aluvión progresista de la Europa finisecular.

Cualquier pueblo de Bolivia o Perú mantuvo a rajatabla su estructura urbano colonial, no porque hubiera conciencia o legislación para su protección, sino porque no tuvieron oportunidad de crecer, mientras miraban de reojo y con envidia a Buenos Aires, paradigma del progreso edilicio.

Una idea sin orden legal. Nosotros no somos ni una cosa ni la otra. Tuvimos la oportunidad de crecer, somos la segunda ciudad del país y tuvimos la ocasión de legislar sobre nuestro patrimonio. Pero fuimos muy desordenados, transgresores, distraídos, incompetentes e incoherentes. Con esos defectos –o más bien, particularidades– fuimos creciendo y construyendo nuestra propia idea de patrimonio, alejada de un orden legal.

Nuestra ciudad, y éste es el eje de nuestro discurso patrimonial, se desarrolló superponiendo lo antiguo con lo nuevo (reconozcamos que a veces se nos fue la mano), pero de esa forma construimos nuestra identidad, eso que nos diferencia sustancialmente de las demás ciudades. Somos un caso particular, pero no malo por ello; por el contrario, supimos ser y somos diferentes, mostrando una urbe que asombra por sus contrastes. Con rincones que nada tienen que envidiar a los quartier s parisinos o la judería toledana.

Tampoco nos engañemos cuando se defiende el patrimonio a ultranza y sepamos discernir entre los oportunistas, que se amparan en el patrimonio para obtener sus propios beneficios. Un amplio espectro de personajes que creen ser patrones de estancia y actúan con absoluta impunidad, escudándose en organismos estatales de patrimonio que carecen de instrumentos legales para actuar.

El problema se centra en prácticas discursivas que aún no han sido resueltas y que se iniciaron muchísimas décadas atrás. En los ‘70 y en los ‘80, se insistía en que había que trabajar el patrimonio desde la toma de conciencia de los ciudadanos. Recuerdo que yo endilgaba el concepto porque creía que ya todos tenían conciencia y que debíamos avanzar, que el patrimonio no era sólo inventariar edificios antiguos. A la distancia, me retumban en el oído las palabras, porque ni siquiera supimos reconocer ese patrimonio y, si lo hicimos, fue de manera tosca o con la simpleza de abarcarlo todo en arbitrarios inventarios.

Cuando se intentó legislar, se lo hizo con tal obsecuencia que nuestras ordenanzas y leyes son obsoletas y crean impunidad absoluta entre los mayores depredadores del patrimonio. Nos referimos al mismísimo Estado. En realidad, los gobiernos defienden el patrimonio si les conviene políticamente hacerlo, frente a una oposición no menos oportunista, que se resguarda en una situación mediática.

En la década de 1980, fuimos precursores de las devastaciones. ¡Qué recuerdos, con la trilogía del Patio Olmos, El Panal y el Buen Pastor! Y seguimos construyendo la ciudad. Una ciudad con sustanciosos potenciales, por sus contrastes y sobre todo por esa rica historia, cuyo devenir está en cada rincón. En sus espacios, podemos no sólo ver nuestro pasado sino también a nosotros mismos como verdaderos actores del presente y nuestro acontecer. Y logramos convivir todos al unísono porque entre el desarrollo y la conservación no existe un nuevo actor que genere, como una dínamo, el movimiento constante entre opuestos. Todas las épocas, todos los tiempos, están representados en sus calles y edificios. Nuestra ciudad se construyó así, con un presente que cohabita con el pasado, con la misma frescura de nuestro aire serrano, y nos mostrarnos como somos, con integridad y orgullo de ser y haber construido una ciudad diferente para los demás, pero especial para nosotros.

*Arquitecto; doctor en Historia; investigador independiente del Conicet

Fuente: La Voz del Interior

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