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Jueves, 13 de Diciembre de 2018

A 22 AÑOS DE LA DESAPARICION DEL COMPLEJO TURISTICO

El último habitante de la villa Epecuén

Lorena Mighera

Con 77 años y su familia viviendo en Carhué, Pablo Novak se niega a dejar el lugar que lo vio crecer. Para él, no todas son ruinas bajo agua. Cada una de las paredes que quedaron en pie, significan pedazos de su historia que, día a día, lo hacen sentir más vivo.

(Bahía Blanca - 03/06/2007)



Una imponente arboleda de eucaliptos marca la entrada hacia la villa inundada de Epecuén. A pesar de que el día está soleado, el frío cala los huesos y se acentúa aún más cuando aparece el paisaje desolado de lo que, alguna vez, fue una localidad prolífera y turística, y que hoy duerme bajo las aguas.
Sólo se escuchan los pájaros y el leve vaivén de pequeñas olas que cubren las orillas, con un salado y espumoso manto blanco.
Los árboles, que perdieron toda vida, apenas se mantienen en pie... Quién sabe por qué orgullo.


* * *


Pasaron 22 años de aquella fatídica inundación que acabó prácticamente con todos los vestigios de vida de Epecuén, dejando un paisaje estéril, entumecido en el tiempo...
Sin embargo, a los ojos de Pablo Novak, el único y último habitante del lugar, no todo es tan triste.
Allí viven sus mejores recuerdos; su niñez inquieta, su adolescencia curiosa y su madurez prolífera.
Es por eso que, también, se niega vivir la tranquilidad de la vejez en cualquier otro lugar.
Su casa está a cuatro cuadras de las ruinas. Al llegar, se pueden ver algunas viejas máquinas de arar, un galpón en el que faltan varias ventanas, deambulan muchísimas gallinas, la ropa aparece recién tendida y dos perros que mueven la cola insistentemente.
Pablo sale con una sonrisa. "Patacón" y "Sugar" no paran de ladrar y de dar vueltas su alrededor.
"Estoy muy contento que me hayan venido a visitar --dice--. Pase, por favor...".
Adentro, la cocina a leña entibia el alma.
"Si vamos a caminar, espere un momento que me abrigo", afirma, mientras se acomoda la boina.
A paso lento comienza el paseo.
"¿No molesta que vengan mis perros? Ellos nunca se me despegan, son mis fieles amigos, mis compañeros...", cuenta.
--Así que usted es de "La Nueva Provincia" ? En el verano vino un tal Pablo (Presti)... Me sacó varias fotos y me dijo que era de ahí, me acuerdo porque es mi tocayo...
"Durante casi 16 años fui suscriptor del diario; era muy jovencito, pero siempre me gustó leer. El representante era un tal Vitorino Alvarez, repartía el diario en un "Ñandú".
--¿Un "Ñandú"?
--Sí. Era un viejo Dodge naftero con el que llevaban los ejemplares hasta los campamentos, en donde los leía con una vela. A veces nos traían de a 10 diarios juntos.
Cuenta que nació en Epecuén el 25 de enero de 1930.
"Soy del `30, como el tango de Tita Merello", aclara con una sonrisa.
Sus padres llegaron a ese lugar en 1918 y se dedicaron a trabajar con hornos de ladrillos, otro de los principales motivos que, también, lo alentaron a quedarse en el lugar.
"Siempre digo que en estas ruinas, más o menos, un 70 por ciento pertenece al trabajo del clan Novak".
Pablo dice que para esa época ya había llegado el agua, "aunque hasta los tobillos".
"En el año '26 vino un arquitecto de apellido Servini para construir la iglesia. Cuando se enteró de que el pueblo había sufrido una pequeña inundación, le dijo a mi padre que eran ciclos que se tenían que cumplir y que también iban a volver; tal cual pasó...".
Pero para eso faltaba mucho y mientras tanto, Pablo crecía en diferentes quintas aledañas al pueblo.
"Cuando empecé a estudiar, en la Escuela Nº 17, comencé a hacer sociales. Viendo lo bien que me desembolvía, mi madre me mandó al pueblo para vender algunas cosas como latas con huevos, entre otros productos. Así fui conociendo cada uno de los hoteles y negocios", explica.
Después arribaron los circos, el cine, los bailes, las fiestas y el noviazgo.
"Llegaron la familia, los hijos, los nietos... Ahora sólo me queda vivir de esos recuerdos", explica.
"Aquí conocí tantos personajes. Estuvo la orquesta de (Francisco) Canaro, (Jean) Duval... todos buena gente. Era una época muy divertida, pero sólo en el verano. En el invierno no quedaba nadie; nada más los gorriones".
A partir del '40 las opciones fueron creciendo.
"Llegaron las termas provinciales y particulares. Eramos cerca de dos mil habitantes y Epecuén comenzaba a crecer".
Sin embargo, en la década del '80 y a causa de la desacertada intervención del hombre, se gestó una devastadora inundación que afectó a varios lagos y lagunas, entre los que se encontraba Epecuén, una de las concentraciones con más alta salinidad del mundo (otra de similares características se encuentra en el continente Asiático).
En un principio, los habitantes creyeron que sólo era una nueva "crecida". Pero las aguas no detuvieron su implacable avance.
"No quedó ni para estar parado", gráfica.
La resignación fue el sentimiento de todo un pueblo... menos de Pablo Novak, quien se rehusó a olvidar el lugar que amó por tantos años.
"Al principio nos tuvimos que ir. Mi señora quedó en Carhué con mis diez hijos, pero yo decidí volver y al poco tiempo me instalé en una de las calles con una casilla y una vaca. Me quedaba en verano y en invierno me corría hasta donde se podía pastorear".
Después, el propietario de la casa donde vive en la actualidad, le pidió que se quede en el lugar para cuidarlo.
Así fue como se instaló y, de a poco, fue recuperando los animales para la cría.
Sin embargo, su familia no comparte la idea de que viva solo.
"Todos los años me piden que me haga análisis para ver cómo estoy de salud... ¿Para qué tanto?, si estoy mejor que ellos", exclama.
"Si voy a Carhué con mis hijas, me sentaré a ver televisión y las piernas se me van a poner duras. Acá ando todo el día cuidando los animales o haciendo algunos arreglos; así me entretengo", explica.
De todas maneras, Pablo cuenta que día por medio recibe visitas, muchas de sus nietos, quienes le llevan facturas, pan y todo lo necesario para estar cómodo.
También agrega que tiene una excelente relación con unos vecinos --a veinte kilómetros--, que, a menudo, lo invitan a comer.
Cuando se festeja algún cumpleaños, Pablo no duda en subirse a la bicicleta y recorrer, durante una hora, los casi 10 kilómetros que separan a Epecuén de Carhué, para hacer un asado.
También cuenta que todas las mañanas sintoniza, con una radio a pilas, ya que no tiene electricidad, la onda de LU2; así, mate de por medio, escucha las noticias en la voz del periodista Héctor Gay.
La caminata continúa...
"Esta fue mi escuela", advierte Pablo, señalando algunas de las paredes.
"Me da un poco de tristeza ver lo que quedó, pero a su vez me hace recordar los juegos, las noches de baile, todo era alegría. ¿Cómo voy a estar en otro lugar? Si yo hice todo acá... todo, todo...".
Los ojos de Pablo se pierden en el agua.
"Yo vi nacer este pueblo; conozco cada rincón", murmura.
Llegamos hasta una vieja glorieta, de la que todavía cuelgan algunas tejas.
"Acá venía de jovencito a trabajar. La propiedad era de don Luis Gorgoña, dueño del Mercado de Abasto de Liniers. Su señora se llamaba Sara, así que a la casa le pusieron `Sarucha'. Ahora, y cuando el día está lindo, vengo acá a leer el diario o a sentarme a recordar aquellas épocas", explica.
"Muchas de las personas que vivieron en Epecuén, cuando vienen y ven lo que quedó se ponen a llorar como si fueran chicos. Yo no... no lloro", dice.
"Tuve una vida buena. Mis hijos y mis nietos están bien, mis padres murieron de viejitos. Lo único malo fue que tuve que sufrir la pérdida de un hermano, de 26 años, trabajando en los hornos", aclara.
Se queda un rato en silencio, pensando vaya uno a saber en qué cosas.
"Si me pagaran para quedarme acá, no vendría; si me obligaran a venir, menos; si me lo pidieran, lo pensaría. Pero la realidad es que estoy en este lugar porque quiero... simplemente porque me hace feliz".


GRISADO CON CARITA


Espera.
"Por suerte a mi familia no le falta nada y mi señora, Elsa, a la que veo tres veces por semana, se encarga de cuidar los nietos. Lo único que me falta es tener un bisnieto, por eso siempre digo que a Cristián (su nieto mayor) lo tengo de oferta, a ver qué pasa...". Textual de Pablo Novak.

Fuente: LA NUEVA PROVINCIA

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